Puertas cerradas, altavoces a tope y sobre todo, mi canción.
Aquella canción que supo apoyarme siempre. En aquellos en los que me faltaba el aire para respirar, en los que el mundo parecía acabar, me permitía seguir hacia adelante.
Poder ser valiente, como lo era antes, y en cada momento que me caía, volver a pegar un puñetazo brusco al suelo y seguir hacia delante.
No soy la chica perfecta, que cae bien a todo el mundo. Tampoco soy una chica espectacular que deja a cualquiera con la boca abierta por su impresionante cuerpazo o por su cara de ángel.
No soy ni seré una chica de ensueño. Tan sólo soy yo misma.
Alguien que hoy ha creido superarse por siempre a sí mismo, porque nunca había renunciado a nada por nadie, que había dejado mis intereses o gustos atrás o que incluso me había hecho perder y dejar mis miedos en un cajón encerrados para poder agujerearme el cuerpo para poder agradar más tanto a tus ojos como a tu corazón.
Pero hoy, hoy creía que no podría con ello. Apenas pienso en ello por no hacerme más daño.
Ella, sí, aquella chica ha sabido ganarme en la batalla del amor.
Quizás por su personalidad carismática, o por su elasticidad sorprendente como bailarina, o que sea mayor y mejor desarrollada que una chica menor con un cuerpo de niña adolescente... Sin embargo estando tu y yo en la cama, vi tus ojos semihúmedos y supe ver que mi tren pasó hace mucho y que debía escucharte y ser al menos, una buena amiga. Él estaba confuso de sus sentimientos y los míos comenzaban a flaquear, estaba pensando que a todo esto que estaba siendo yo en estos momentos para él...¿una simple amiga?
Tan sólo pensarlo me retorcía el estómago y me apuñalaba el alma.
Leyendo tus labios confundidos, retenía mis lágrimas con fuerza, rogando ahí arriba para que me conteniese las ganas de gritar, huir, salir de mi miseria y volver a la realidad que me sumergiste años atras.
Sin embargo la realidad era más fuerte que yo y tenía que ser valiente. Tenía que cogerme a mi misma y ser, por una vez en la vida, algo útil para él.
Le decía que luchase por ella, que cogiese y hablase con ella, mientras mi garganta ardía por no llebar aquellos sentimientos hacia dentro y volver a ser alguien egoista.
Mi tiempo se agotaba y yo no podía permanecer más tiempo en aquella en esa habitación, asi que aprobeché la presencia de un inesperado nuevo amigo en la habitación y huí como niña muerta de miedo por aquello que recorría mi mente y en cuanto calculé la distacia idónea para que sus oídos no pudiesen escuchar mis lamentos, eché a llorar. Y lloré y lloré hasta que mis lágrimas fueron interrumpidas por la llamada de mi madre que me esperaba al otro lado de la casa.
Yo le avisé de que pronto marcharía y el salió de la habitación y me besó. Le dije que por qué razón hacía eso y sin pensarlo lo volvió hacer. Mis lágrimas asomaban por mis ojos y yo debía irme antes de que el me volviese a ver entre lágrimas. Cogí la puerta, me despedí educadamente y me fui. Soporté los diez o quizás quince minutos en coche de trayecto hasta mi casa para evitar charlas absurdas que no me ayudarían en nada y me harían quedar como una loca, fui corriendo y me encerré en mi habitación, puse los altavoces de mi ordenador a tope y escuché la canción que siempre me motivaba, derrotado, del grupo español de savia.
Aquella canción había sido la única canción que había podido escuchar durante horas y horas sin cesar hasta quedar rendida por el sueño, y que sin cansarme de ella, volvía a abrir los ojos la mañana siguiente y escuchaba de nuevo.
Ahora me quedaba quedarme en silencio y apoyar cada una de tus caidas y si estas me tiran, te prometo que por mucho que ahora quede derrotada, mañana te lebantaré junto a mi. Porque en esta batalla, aunque halla caído esta vez, no quedará terminada hasta tenerte de nuevo a mi lado.
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